Feb 8

Efecto Invernadero y Cambio Climático: Algunas Proyecciones para Colombia

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La tierra es el único planeta con vida plenamente comprobada en el sistema solar y esto se debe al balance que existe entre las capas atmosféricas y su interacción con el sol, el cual es insumo fundamental para la generación y conservación de la vida.

 Una vez ingresan los rayos solares a la tierra, la atmósfera se encarga de filtrar los más dañinos, luego estos “rebotan” en la superficie hacia el espacio nuevamente, pero la misma atmósfera retiene alrededor del 30% de la radiación, que es la que determina la temperatura en el aire: Esto es lo que llamamos el “efecto invernadero”, el cual siempre ha existido en el planeta y su equilibrio es el que permite la vida, ya que sin este, la superficie terrestre sería un desierto árido como el de Marte, y un exceso en sus consecuencias aniquilaría casi todas las formas de vida animal, vegetal y no permitiría la producción de agua, elemento vital para el desarrollo de ecosistemas, tal como sucede en Venus, cuyas temperaturas superan los 450 grados centígrados y suceden fenómenos climáticos extremos como huracanes permanentes de gran magnitud.

En la tierra el problema surge cuando las actividades humanas emiten en exceso este tipo de gases que retienen una mayor proporción de la radiación solar, alterando la temperatura óptima para los ciclos vitales .  Las emisiones  de CO2   regularmente  no superaban el rango de 200 a 250 partes por millón (ppm) en la atmósfera, pero en 2005 las concentraciones de CO2, rondaron las 379 ppm registro que no se había dada en los últimos 650.000 años.

A pesar que Colombia solo emite el 0.37% del total de Gases Efecto Invernadero (GEI) del mundo, hemos experimentado un cambio en la temperatura promedio entre 0.1º y 0.2º centígrados por década desde 1961 y de continuar con las actuales tendencias, para el año 2050, la temperatura del aire se incrementará entre 1ºC y 2ºC comparadas con las experimentadas entre 1960 y 1990.

Asociados a estos cambios el IDEAM ha calculado que la precipitación anual ha oscilado en un rango entre –4 y el +6 % por decenio, generando efectos extremos dependiendo de la región del país: Para 2070 las precipitaciones se reducirán entre un 15% y 30% en la alta Guajira, Cundinamarca, Nariño y Tolima mientras que las lluvias se intensificarán en las regiones  central y  sur. Estas variaciones abruptas en la escorrentía a lo largo del país alteran los ciclos hidrológicos, fenómeno que adicionado al desplazamiento de especies en busca de ambientes más fríos y secos para su supervivencia y la aceleración de la intervención humana en biomas estratégicos, el 56%  de los páramos ( fábricas de agua de las cuales Colombia posee el 40% del total mundial) desaparecerán entre 2030 y 2050.

En cuanto a los glaciares, para 2007 se estimaba un área aproximada total en nevados o glaciares de mas o menos 48 Km2, cuando a finales de la década de los 90 esta era de 63.4 Km2  y en 1850  era de 380 Km2 (se estima que existían aproximadamente 19 glaciares para la época, frente a los 6 que hay actualmente).  Esto significa un retroceso del 36.9% solamente en 10 años, del 42% en promedio en los últimos 20 años y 88.5% en 157 años, por lo que se prevé que para el año 2021 el Glaciar de la Sierra Nevada del Cocuy desaparezca totalmente y para el 2030 la totalidad de los glaciares lo haga también.

Adicionalmente, a causa del deshielo de los polos y la expansión térmica de los océanos, el nivel del mar ha crecido en 5 mm por año en la costa Pacífica y 3 mm/año en el Caribe; este ascenso ha puesto en riesgo a más del 50% de la población en ambos litorales. Sin embargo, el caso de San Andrés es apremiante ya que se calcula que para 2025 el 17% del archipiélago quedaría sumergido, salinizando sus fuentes de agua e infraestructura de alcantarillado al norte de la isla, comprometiendo el abastecimiento de agua potable.

La conjunción de todos estos factores pone en peligro la disponibilidad per-cápita de agua que está disminuyendo a una tasa de 1.000 m³ por año, lo que ha hecho que la oferta hídrica se redujera de 60.000 m³ por habitante en 1985 a 40.000 m³ en 2006;  Según la Contraloría General de la República, que  en el informe sobre los recursos naturales de 2008 manifestó “que para el año 2016, el 38% de la población de Colombia afrontará una grave crisis por falta de agua, situación que tenderá a empeorar, afectando a un 70% de la misma población para mediados del siglo XXI”,   al mismo tiempo que los caudales de los ríos varían abruptamente provocando emergencias por inundaciones y deslizamientos de tierra, mientras que en otras latitudes las sequías afectan los cultivos y la producción de alimentos, poniendo en grave riesgo la seguridad alimentaria ya suficientemente amenazada por las inequidades en el ingreso, los altos costos de producción  y la deficiente infraestructura vial del país, que hace difícil la comercialización de productos agrícolas.

Así pues queda absolutamente claro cómo Colombia es un país altamente vulnerable al cambio climático, lo que nos ha forzado a tomar medidas de adaptación urgentes y costosas ante la indiferencia de países desarrollados  como  Estados Unidos y China  responsables de cerca del 56% de emisiones mundiales y cuyos compromisos en el marco del protocolo de Kyoto han sido inútiles, siempre que ninguno de los países ha adoptado el tratado de forma vinculante.

Aquí radica la importancia de la posición colombiana en las conferencias internacionales sobre Cambio Climático: son estos escenarios donde, además de exigir un compromiso de los países más ricos, Colombia debe aprovechar la evolución de la comercialización de los Certificados de Emisión provenientes de los Mecanismos de Desarrollo Limpio (MDL) que se ha limitado por nuestra matriz energética limpia  al control de emisiones,  pero donde tenemos enormes potenciales en nuevas formas de certificación como la “deforestación evitada” o no-deforestación, en la que la protección sistemática de la Amazonía y las demás zonas forestales representa una fuente de ingresos invaluable para el subsidio de nuevas tecnologías e investigación en actividades productivas que aprovechen nuestra inmensa biodiversidad, reduciendo de esta manera la presión sobre campesinos que coadyuvan al problema tanto con la emisión mediante la agricultura, como con el uso indiscriminado de la tierra, tal como ocurre actualmente en los páramos. Los países industrializados deben entender que más allá de la necesidad de controlar la emisión de gases, es necesario invertir en los servicios ambientales de ecosistemas no intervenidos,  que haciendo parte de un engranaje  global, protegen la vida y la subsistencia de la tierra.

En Copenhague no se logró el objetivo de replantear y fortalecer el protocolo de Kyoto, sin embargo, la sociedad civil y grupos de países menos desarrollados, han tenido un éxito progresivo en la meta de sentar sus voces de protesta y obligar gradualmente a la concertación y diálogo de los países más contaminantes. No obstante aún no logramos compromisos serios y vinculantes que deriven en eventuales procesos sancionatorios; y a pesar de los avances en cuanto a la protección y pagos por servicios ambientales en la Amazonía, no hemos podido incluir activamente en la agenda internacional los páramos, los cuales, como ya se expuso, son fundamentales para la sobrevivencia de nuestro país, lo que exige posturas cada vez más exigentes en cualquier escenario de negociación futuro.

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